"Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, saca la bota María que me voy a emborrachar...” Álvarez, al volante de su coche, cantaba villancicos, aunque no pensaba celebrar la Navidad. Era el veinticuatro de diciembre del año en el que sucedieron todas estas cosas y algo se le había pegado del ambiente, de las luces navideñas que, a la altura del frontón, daban 1a bienvenida al pueblo a los valencianos, o sea, a aquéllos que un día lejano se fueron trabajar Valencia y mantuvieron su casa para seguir regresando al pueblo, o a los hijos de éstos, o a los amigos de unos u otros que vinieron un día por las fiestas o por la Virgen de la Cabeza o en otras Navidades más lejanas, y desde entonces se hicieron también un poco de aquí, como empezaba a pasarle a este hombre, que llevaba ya varios meses viviendo en el hostal, sin que nadie supiera muy bien de qué.
Cuando días después, acodado como otras veces en la barra del bar y con su tercera cerveza a medias, me contó lo que le había ocurrido en Nochebuena. Álvarez trató de excusarse a sí mismo alegando que cuando pasó estaba bebido.
Primavera de 1964
Hola, Miguel.
Matilde me dio ayer la carta que me has escrito. Nunca pensé que yo le gustara a ningún chico de la escuela. No soy guapa ni me pongo vestidos bonitos, porque no los tengo. Tú dices que es porque yo no soy como las otras, porque no ando haciendo tonterías, ni estoy riendo siempre por cualquier cosa. Dices que te gusta verme leer en el recreo, en vez de saltar a la comba o andar contando secretos al oído de las amigas. A mí me parece que ésos no son motivos para gustar, pero si tú lo piensas...
No sé si quiero ser tu novia, pero a mí también me gustas. Tú también andas siempre con algún libro en las manos. Y eres el primero de la clase. Pero no es sólo por eso. Es porque tampoco tú eres como los otros chicos. No estás haciendo el burro a cada rato, no vas dando empujones. Hasta cuando jugáis al fútbol parece que tú estés soñando...
1. Sonido desnudo
Ramiro ha puesto el disco de Giuseppe Di Stefano que yo le regalé. Pero nadie parece escuchar la cálida voz con la que el tenor italiano canta las arias de Puccini. Todos hablan a la vez, aunque sin algarabía. El tono de las voces no es muy elevado; no es que susurremos, es que solo somos cinco; y nos es suficiente poco más que un balbuceo, para escucharnos en medio de este comedor espacioso y con los techos tan altos. Como las ventanas están abiertas, cuando callamos, por encima del tintineo de vasos y cubiertos, incluso por encima de la música, nos llega el rumor de las olas, el runrún de los barcos que faenan en la bahía cercana, el graznido de alguna gaviota y hasta, intermitentemente, el ladrido lastimero de Cortázar, el perro, que siempre está triste y parece asustado cuando ellos, que son los amos, están en casa.
Irene se levanta de la mesa y acude a la cocina, porque la tetera ha empezado a pitar. Solo la barra nos separa y ella sigue hablando con su cuñada desde el otro lado. “¿Entonces no te vas a bañar, con la noche tan buena que hace?”. Claudia le responde que no se ha traído el bañador, a la vez que su hermano, Ramiro, levantándose de la silla, que cruje como si se quejara al liberarse